OTRA NAVIDAD LEJOS: La cara B de emigrar y como transitar las fechas especiales
Las fechas especiales -Navidad, fin de año, cumpleaños, aniversarios- suelen presentarse socialmente como momentos de encuentro, celebración y cierre. Sin embargo, para muchas personas migrantes, estas fechas activan un registro emocional más complejo y, a veces, profundamente ambivalente
FAMILIAS
12/20/20253 min read


Para muchas personas, las fechas especiales marcan pausas en el tiempo: momentos para reunirse, recordar, celebrar y cerrar ciclos. Para quienes han migrado, esas mismas fechas suelen tener un efecto distinto. Navidad, fin de año u otras celebraciones significativas no solo remiten al presente, sino que abren una puerta directa al pasado y a todo lo que cambió con la migración.
En estos momentos, el duelo migratorio suele hacerse más visible. No porque el proceso esté “empeorando”, sino porque se reactiva. El duelo migratorio no sigue una línea recta ni se resuelve de una vez. Es recurrente e intermitente: aparece, se atenúa, vuelve a asomar en determinados contextos. Las fechas cargadas de significado emocional actúan como uno de esos contextos reactivadores.
Lo que suele emerger no es una emoción única, sino una mezcla difícil de ordenar. Puede haber gratitud por lo construido en el país de acogida y, al mismo tiempo, una nostalgia intensa por lo que se dejó atrás. Puede haber ganas de celebrar y, a la vez, una sensación de vacío o desconexión. Esta ambivalencia no es contradictoria; es coherente con la experiencia migratoria.
Las tradiciones juegan un papel central en esta vivencia. Los rituales familiares, los horarios, la comida, los gestos compartidos funcionan como anclas identitarias. Al migrar, muchas de esas anclas se pierden, se transforman o quedan suspendidas en la distancia. En fechas especiales, esta ausencia se vuelve más evidente y puede despertar una sensación de “no estar del todo en ningún lugar”.
A esto se suma el entorno social, que suele empujar hacia una vivencia festiva y homogénea de estas fechas. Cuando el mundo alrededor parece celebrar sin fisuras, la persona migrante puede sentirse desfasada, fuera de tono o incluso culpable por no experimentar lo mismo. Sin embargo, el malestar no indica fragilidad ni incapacidad de adaptación; señala, más bien, lo complejo del proceso vivido.
Desde aquí que el foco no está en “superar” estas fechas, sino en aprender a habitarlas de otro modo. Algunas claves pueden facilitar este tránsito.
Aceptar que cada año puede vivirse de manera diferente es un primer paso. No hay una forma correcta de pasar Navidad o fin de año. Las necesidades emocionales cambian, y escucharlas suele ser más regulador que intentar cumplir con expectativas externas o internas.
Elegir conscientemente cómo vincularse con las tradiciones también resulta importante. Algunas personas encuentran sostén en mantener ciertos rituales del país de origen; otras prefieren crear nuevos significados en el lugar actual. Ambas opciones son válidas si responden a una elección personal y no a una obligación.
Cuidar la gestión del contacto con el origen es otro aspecto clave. Las llamadas, los mensajes y las redes pueden acercar, pero también intensificar la sensación de distancia. Dosificar estos espacios, poner límites y respetar el propio ritmo emocional es una forma legítima de autocuidado.
Permitir la emoción, sin apresurarse a cambiarla, suele ser más útil que luchar contra ella. La tristeza, la nostalgia o la melancolía no son señales de retroceso, sino expresiones naturales de un vínculo que sigue existiendo, aunque haya cambiado de forma.
Finalmente, compartir la experiencia con otros puede aliviar el peso interno. Hablar con personas que han migrado, participar en espacios grupales o contar con acompañamiento profesional ayuda a resignificar lo vivido y a no quedar atrapado en la idea de que “esto solo me pasa a mí”.
Las fechas especiales no dificultan el proceso migratorio, pero si lo ponen en primer plano. Son momentos que revelan pérdidas, pero también transformaciones profundas. Mirarlas desde una perspectiva más compasiva permite integrar lo que fue, lo que es y lo que todavía se está construyendo.
Migrar no implica dejar de sentir pertenencia, sino aprender a ampliarla. Y en ese aprendizaje, las fechas significativas pueden convertirse, con el tiempo, en espacios de mayor conciencia emocional y cuidado personal, incluso cuando por momentos tengamos que convivir con un poco de dolor.
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